LOS HERMANOS MAGUEY

Ritual de la hermandad

Por: Nick Wolak

 

Una de las primeras ceremonias de piercing que realicé fue de las mejores. Yo me encontraba en San José, Costa Rica, y estaba perforando en el estudio "Stattos" de Cole y Gerardo. Otro amigo llamado Méndez también trabajaba con nosotros. Fue pura coincidencia que yo estuviera en ese lugar, pero fue magnífico porque tenía una buena relación con los tres, y pasó muy poco tiempo para que conviviéramos como amigos de años.

Dentro del tiempo que compartimos decidimos hacernos una perforación cada quien. Méndez ya tenía tres aretes en la oreja izquierda y optó por ponerse uno en la derecha. Cole, quien nunca antes había pensado en perforarse, se animó al ver un par de argollas del calibre 8, una en cada oreja. Yo encontré la oportunidad que había esperado durante tanto tiempo para perforarme la lengua. Gerardo, aunque no se iba a hacer ninguna perforación, se comprometió con la ceremonia, la cual consistió en cuatro partes: preparación, lugar, acto y la unión de cada uno de los participantes.

La preparación de cualquier ceremonia es una de las partes más importantes y más íntimas, porque en ella los amigos se reúnen y comparten sus ideas de cómo se habrá de realizar, de qué representa para cada uno y cómo influirá en sus vidas, no sin intercambiar las dudas, las esperanzas... en mi caso iba a ser una experiencia histórica, algo que nunca había realizado en esa parte del mundo.

Para lograr la perforación decidimos usar espinas de maguey traídas de México. Imaginábamos tiempos remotos y ceremonias antiguas como las de los mayas, los aztecas y, que ahora en nuestro presente, íbamos a continuar con esa tradición y ese ritual de sacrificio y poder. Cada día que pasaba nos animábamos más y más...

Por fin llegó el día elegido y completamos la fase de la preparación un domingo por la mañana, en casa de la familia Méndez, fue un toque perfecto en un ambiente lleno de amor, amistad y de vibraciones positivas.

Al mediodía nos despedimos de la familia y nos dirigimos al sitio que habíamos elegido. En poco tiempo llegamos al Parque Nacional del Volcán Irazú. El paisaje era impresionante, pero nunca imaginé lo que nos esperaba en la cima, a 3,432 m de elevación; era otro mundo. Parecía la luna u otra dimensión, con arena gris, todo cercado por las nubes. Ignorando el frío, me quité la camisa y los zapatos. Al sentir el contacto con la tierra experimenté una sensación cálida, como la arena de la playa por la tarde, y el viento me traía aire fresco, luego caliente, luego tibio, pero siempre bañado de un olor sulfúrico. Casi no se veía el sol por las nubes, pero el día estaba claro y bonito.

Subimos con mucho esfuerzo y a través del camino miraba los minerales de la tierra y la vegetación dispersa y extraña. Por fin, cuando llegamos al punto más alto, vimos que dentro del volcán había un lago verde de ácido sulfúrico. Era de un color tan raro que lo hacía verse artificial. Desde arriba nos fijamos el último detalle de la segunda fase: el sitio perfecto.

Dentro del volcán había una mesa natural, cubierta con una vegetación blanca, una alfombra de la naturaleza que "nos invitó" a estar cómodos durante la ceremonia. Nos acercamos a ese lugar mágico y descansamos. Lo único que no me gustaba era que había varios turistas allá arriba que nos podían ver y no me agradaba la idea de dar una exhibición. En pocos minutos llegó la respuesta a mi preocupación en forma de gotas gordas y vivas de lluvia, nos salieron unos gritos de sorpresa, alegría y agradecimiento. Los curiosos se fueron.

Después llegó la tercera etapa, la perforación. Yo nunca había perforado con una espina de maguey, bajo la lluvia y menos dentro de un volcán, así que la emoción se apoderó de mí, era una experiencia completamente nueva. Cole se sentía igual, le emocionaba el entorno para realizar su primera perforación. Fijamos nuestras miradas y con una sonrisa mutua comenzamos. La espina atravesó poco a poco la oreja, Cole se concentraba en su respiración. Al pasar el punto más grueso de la espina y meter la argolla, Gerardo tomó la espina por atrás y la jaló ligeramente, en el momento que pasó por completo fue el éxtasis, en ese canal que habíamos abierto corrió toda la energía de la lluvia, el viento, la tierra llena de minerales, la arena, la vegetación extraña y toda nuestra energía que se expresaba por medio de risas de alegría y celebración.

Era una realidad poderosa y única que sólo existía para nosotros cuatro. Con la misma energía pasaron las demás espinas por sus caminos antes elegidos. Hasta que en el último momento de mi propia perforación tuve una visión y un momento eterno... Yo estaba arrodillado en la arena gris con el calor de la tierra llenándome de abajo hacia arriba, la lluvia se escurría por mi cabeza y hombros, fluyendo por mi cuerpo hasta la tierra. El viento me traía ese olor sulfúrico en las olas de temperaturas variadas, sentía mi sangre mezclada con saliva encontrar su camino de mi boca, bajando lentamente por mi barba hasta el pecho, donde se unían con la lluvia en dirección hacia la tierra. En ese momento me sentía como una mujer maya en medio de una ceremonia del pasado y comprendí el valor que existe detrás de una perforación voluntaria como sacrificio y qué tan poderosa era la sangre, que es la vida, como símbolo de esa promesa. Me llené de una paz interna que no se contuvo y que salía por todo mi cuerpo. Quise vivir eternamente ese momento.

Poco a poco regresamos a nuestra realidad, y al llegar a la base del volcán paramos a tomar un chocolate caliente. Finalizamos la ceremonia en victoria con una unión especial entre nosotros. Y para cerrar la última fase, que era la unión, al día siguiente hicimos un cuadro con una fotografía del gran Irazú, en la cual se veía "nuestra" mesa; sobre la foto pegamos las espinas de maguey, pusimos nuestros nombres e hicimos la dedicación a los "Hermanos Maguey".

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