PROLOGO

Del subterráneo a la escena internacional

Por Pacho

 

"La cosa más profunda en el hombre es la piel." Paul Valery

 

Era el año de 1985. Esperaba cruzar un semáforo en la esquina de Miguel Angel de Quevedo y Avenida Universidad cuando un vochito se enfiló junto al mío, volteé y vi a dos curiosos personajes con los pelos parados que estaban repletos de brillos metálicos en las orejas y la cara, cosa completamente insólita en la ciudad de aquél entonces.

En esos años casi nadie traía aretes en el D.F., tal vez por ello nos reconocimos sin que nunca antes nos hubiéramos visto, o al menos nos sonreímos con esa especie de complicidad que súbitamente pueden establecer los fachosos. En medio de ese embotellamiento hasta nos dio tiempo de decirnos algo de carro a carro, parecía que me invitaban a algún lado. Finalmente salió el siga y, antes de arrancar, alcanzaron a darme un volante sobre un antro desconocido en algún remoto rincón del norte de la ciudad.

Después de pasar el Monumento a la Raza, salirte de Insurgentes Norte y dar algunas vueltas por calles oscuras, llegabas a un restaurante con un techo de dos aguas. Dejabas tu carruaje en la parte de atrás y, en lugar de dirigirte a la entrada del merendero, tocabas en una puertita escondida para acceder a lo que parecía ser la guarida de una cofradía secreta del medievo; acto seguido subías unas escaleritas misteriosas hacia el ático del bodegón y, finalmente, te encontrabas con una taberna punk. Se llamaba el Tutti Frutti, una cueva que, a pesar de estar en el último piso, tenia el ambiente de un refugio subterráneo. Y si ser subterráneo en esta ciudad de prohibiciones medievales es estar casi fuera de la ley, en el caso del Tutti Frutti el asunto era aún peor: más que un sitio subterráneo, era cabalmente una cueva desconocida. No estaba registrado, no tenía una licencia, ni siquiera un permiso irregular. Simplemente no existía. Pero era real.

Al entrar al Tutti vi al tipo del vochito blanco detrás de la hermosa barra del pequeño bar, ponía discos y servía tragos, chelas y café. También me reconoció, se llamaba Danny, un espigado punk belga repleto de aretes por todos lados que pinchaba la música más vanguardista de los antros de esos años. Como la música era excelente, además de que no había prohibiciones, ni padecías reglas absurdas ni debías pagar cover ni tenías que consumir algo si no te apetecía hacerlo, pronto el bar atrajo a los más disímbolos personajes y outsiders de la urbe, desde los más pránganas hasta los siempre presuntos cosmos.

No costaba nada estar ahí. Escuchabas excelente música, cotorreabas con la raza congregada, que no se mostraba determinada por los acartonados prolegómenos del ligue de las discotecas fresas. Podías tatuarte o simplemente bailar. Hacerte un arete con el Danny o pedirle que te grabara un casete con la música que ponía. Por cierto, en ese lugar el Piraña comenzó con el arte epidérmico de la tinta, ensayando en las pieles de los más diversos caracteres de nuestra generación, muchos de los cuales pululaban por el Tutti. Tal era el inusual concepto cultural de ese lugar que, para la época, era ciertamente vanguardista y del cual tienes, ahora mismo, parte de su herencia en tus manos.

Danny, el DJ organizador de fiestas y conciertos insólitos en los ochenta, impulsor de las ferias internacionales de body art en los noventa, quien ha terminado por convertirse en un escrupuloso perforador y explorador de las filosofías y técnicas que subyacen a las modificaciones corporales, nos ofrece finalmente un libro escrito por su compañera, Karem Martínez donde busca compartir sus investigaciones dentro del piercing, este arte que refleja los cambios en las concepciones sobre la política del cuerpo que hemos experimentado ahora que el milenio termina.

Y la experiencia de Danny en el arte corporal tiene ya varios lustros (hace más de diez años él me hizo algunos aretes en su bar) así que el libro "perforaciones corporales", además de ser una guía al servicio de quien lo quiera, ofrece compartir los hallazgos que, sin egoísmos gremiales, Danny pone a nuestra consideración.

Es importante contar con libros como este porque la discusión abierta permite avanzar más rápido en el conocimiento de una materia. Además, el mundo de la perforación ha cambiado tanto, que siempre conviene guardar registros de cómo se ha ido entendiendo al piercing en sus diferentes etapas. Recuerdo que el primer arete me lo puse en Suecia hace más de veinte años, en 1977; me lo hizo un amigo japonés que me perforó con una aguja de coser y un hilo. Yo tenía 15 años. No sólo la técnica era anticuada, también los imaginarios en torno al piercing. En aquel entonces todavía se suponía que si tenías un arete en la oreja derecha eras gay pero si lo tenías en la izquierda, participabas de las figuraciones del peace and love.

Eso en el extranjero, porque en el D.F. pocos hombres tenían un arete, fuera de algún presidario, un marino extraviado en esta metrópoli sin mar, o un afrentoso transexual, quienes evidentemente participaban de sus propias simbologías. En otras palabras, traer un arete en el México de los setenta te ubicaba en el ostracismo total. Veinte años después ha crecido la aceptación pública del piercing a la vez que han cambiado muchísimo las técnicas y los imaginarios que lo rodean. Sus filosofías se han diversificado según la tendencia que lo practique. El piercing salió de la marginalidad, se generalizó como un arte alternativo subcultural y más tarde emergió también del subterráneo hasta influir la moda del mainstream nacional e internacional. Y, lo más importante, si hace veinte años casi nadie tenía aretes heterodoxos en el país, ahora la escena alternativa local se ha desarrollado tanto y tan rápido que inclusive ha logrado obtener hallazgos propios que ya son una aportación a la escena universal de las modificaciones corporales: me refiero al primitivismo moderno basado en las ornamentaciones y el imaginario precolombino. Por lo mismo, era ya imprescindible que se escribiera un libro como el de Danny y Karem, con la intención de organizar la percepción que tenemos del piercing desde la perspectiva de la escena local. Lo mismo puede decirse sobre el conocimiento respecto de la higiene epidérmica entre los perforadores, el cual ha evolucionado tanto que en el extranjero circulan infinidad de libros sobre el tema, pero aún faltaba uno escrito para la escena mexicana.

El libro "Perforaciones corporales" es una oportunidad para actualizarse sobre los cuidados que deben observarse mínimamente al practicarlos. Revisa los mitos, las dudas y algo de la imaginería contemporánea más importante que les rodea. Es un libro honesto, no pretende decir la última palabra. Ofrece distintas perspectivas e hipótesis para su discusión. Es un manual, un recuento de testimonios, un diálogo con la escena local y con la internacional, así como con todos los que estemos interesados en adueñarnos de nuestro cuerpo para jugar con él y gozarlo, buscando expresar algo de nuestra profunda y epidérmica naturaleza humana.

 

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